Si las puertas de la percepción estuvieran limpias, todo aparecería ante el hombre tal como realmente es, infinito...
WILLIAM BLAKE
La noche sureña ardía. Los gritos de más de diez mil personas llenaban el aire del auditórium con tal fuerza que llegaban a hacer daño. Por un lado del escenario, emergieron las figuras de los músicos que, tranquilamente y sin prisas, tomaron sus instrumentos. El teclista, vestido con traje y corbata grises, se inclinó sobre el órgano Gibson G-101, esforzándose en atrapar la melodía de sus teclados. Al fondo, el batería, con barba y bigote, sólo era visible por sus ropas brillantes, golpeaba los bombos con fuerza. El guitarrista de espaldas a la multitud (llevaba muselina india y pantalones de campana), tocó unos solos y comprobó la resonancia de los amplificadores. La introducción se elevó en el aire y revoloteó en un flujo interminable de sonido bien ecualizado. Un foco bañó el escenario y se detuvo en un lateral dónde acababa de aparecer un hombre vestido de cuero: collar de cuentas, ancho cinturón indio, botas de fieltro y camisa de farlabanes. Al reconocerlo, un rugido de adoración salió de la muchedumbre y taladró las sombras. Borracho, el cantante avanzó con pasos inseguros hacia el micrófono central y saludó con las pupilas dilatadas por el alcohol. Luego, se colgó del pie metálico y agitó la cabeza, espasmódicamente.
“You know the day destroys the night, night divides the day, try to run, try to hide, break on trough to the other side, break on trough to the other side, break on trough to the other side”.
(A través de sus ojos, todo tiene un aspecto distinto, como si hubiera sido formulado por los sueños de Dionisos. Luces de fogatas candentes llenaban la negrura del cosmos, haces multicolores ardían en su corazón inflamado, envueltas en un espectro de sentimientos confusos)
Con fluidez, la banda se abrió paso entre las masas embravecidas, pasó al otro lado con “Alabama Song” de Bertold Brecht y Kurt Weill, y se detuvo en “Moonlight Drive”. El cantante se aferraba al micrófono de oro macizo: bajo sus párpados cerrados representaba distintas fantasías.
“Let’s swim out tonight love, it’s our turn to try, park beside the ocean in our Moonlight Drive”.
Después recitó las notas agónicas de “Horse Latitudes”.
“When the still sea conspires an armor, and her sullen and aborted current breed tiny monsters, true sailing is dead”.
Tranquilamente, en los brazos de la inconsciencia, “Back Door Man” de Willie Dixon fue despachada y llegaron a las notas agresivas de “Five To One”.
“Five to One, baby, one in five, no one here gets out alive. Now you gets babe, I’ll get mine, gonna make it baby, if we try”.
El Rey Lagarto bailó con las venas del cuello tensas, su cara pálida reflejó mil máscaras bañadas por el sudor, bajo los focos cenitales que irradiaban su figura como si fuera un Dios de la antigua Grecia.
(Rostros sabios aparecen y desaparecen, difuminándose, enmarcados por la melancolía, inmersos en un hechizo de rituales extraños, condenados a perecer en el olvido)
“For the music is your special friend, dance on fire as it intends, music is your only friend, until the end, until the end, until the end”.
El gentío apretujado a sus pies se encuentra hipnotizado por su presencia. La cascada de sonido continúa golpeando sus conciencias y exige una respuesta dramática a cambio, cuando la música termina.
WE WANT THE WORLD AND WE WANT IT NOW!!!
Mientras canta “Crawling King Snake” de John Lee Hooker, el vocalista cae de rodillas, mueve su cuerpo torturado, se inclina en su agonía teatral y espera la salvación.
—Company, halt!
—Present arms!
El guitarrista levantó la Gibson y disparó al Soldado Desconocido. Este se arrojó al suelo, histéricamente, fulminado por la ira de los dioses.
“Lions in the street and roaming, dogs in heat, rabid foaming, a beast caged in the heart of a city”
“The Celebration Of The Lizard” está en marcha. El chamán entra en trance para salvar a la tribu: golpea el aire con los puños y gira con los brazos abiertos, dando vueltas sin parar, en una sucesión de movimientos grotescos.
“The mansion is warm at the top of the hill, rich are the rooms and the comforts there, red are the arms of luxuriant chairs, and you won’t know a thing till you get inside”
(Figuras envueltas en sombras lo acompañan. Salvajes con armas de piedra, vestidos con pieles y plumas, collares de hueso y pedernal, rotan alrededor de las llamas de la hoguera donde ardía, consumiéndose sin remedio)
El Rey Serpiente corrió de una valla a otra, giró el micrófono sobre su cráneo, interrumpió “Gloria” de Van Morrison y desafió al público con sus insultos. Más tarde, el grupo tocó “Light My Fire”:
“You know that it would be untrue, you know that it I would be a liar, if I was said to you: “Girl, we couldn’t get much higher”.
El cantante se retorció sobre la punta de los pies, se arrodilló delante del guitarrista y fingió realizarle una felación a su instrumento: las chicas de las primeras filas chillaron, enloquecidas, al borde del orgasmo.
“This is the end, beautiful friend; this is the end, my only friend, the end of our elaborate plans, the end of everything that stands, the end…
La música se propagó con majestuosidad, trances tenebrosos e hipnóticos, y proporcionó el éxtasis de los sentidos a los fieles de la banda.
“Lost in a Roman wilderness of pain, and all the children are insane, all the children are insane, waiting for the summer rain”
Seducido, el público se dejó arrastrar por aquella demoníaca fusión de música, poesía, existencialismo y Nietzsche, basada en la experiencia nihilista de las drogas.
—Father?
—Yes son?
—I want to kill you.
—Mother… I want to… FUCK YOU!!!
El océano de gente enloqueció y acompañó la danza impía del Ángel Exterminador, que bailó como un hechicero poseído, dando vueltas sin parar, con el cable del micro ondeando como la serpiente del paraíso y una clara erección bajo sus ceñidos pantalones de cuero.
THIS
La audiencia arrojó vasos de plástico, ropa interior, botellas vacías y flores al escenario. La policía creó una barrera humana, pero no sirvió de nada, nadie estaba dispuesto a parar.
IS
Sillas metálicas aterrizaron entre la pasma. Maldiciendo, los hombres uniformados de azul perdieron terreno bajo el empuje de los jóvenes.
THE
La barricada se rompió, la bofia sacó sus porras, mientras el público invadía el escenario vacío.
END...
Alexis Brito (c) 2008
Apocalypse Now
El amigo que me mató
Dos hombres en medio de un bosque de eucaliptos. Un silencio solamente roto por el canto de algunos pájaros y mi voz suplicando clemencia.
- No me mates, te lo pido de rodillas. Quédate con el dinero.
- No lo entiendes. No es por el dinero.
- Entonces, ¿Qué es lo que quieres? Por Dios. Llevamos un año planeando esto, nos salió bien. Podemos retirarnos y no volver a trabajar jamás. Ahí dentro puede haber cuatro millones de euros - digo señalando uno de los sacos que están sobre la hierba. - No me jodas diciendo que no es por el dinero.
Marcos levanta el arma a la altura de mi cabeza. Yo estoy en cuclillas y con la cara cubierta de sangre debido al brutal golpe que me ha dado con la culata dos minutos antes.
"Vámonos a contar el dinero. Sé un sitio perfecto en el bosque, cerca de la presa".
No ví nada extraño en estas palabras pronunciadas por Marcos hace apenas una hora, y lleno de emoción por verme millonario, accedí a este improvisado cambio de planes. Atrás dejabamos el cuerpo sin vida de dos vigilantes de seguridad.
-Tendrá que ser así Alberto, lo siento. Es mejor que cierres los ojos.
- Por favor. Hazlo por Laura. Sabes que le he pedido que se case conmigo. Este dinero era para comenzar una nueva vida juntos. Pero ya me da lo mismo. Quédate tú con todo. Solo la quiero a ella. No deseo que mañana le llame un inspector para contarle que me han encontrado muerto en el puto bosque con una bala en la cabeza. Yo no digo nada, vete con el jodido botín pero déjame vivir. Joder, hazlo por nuestra puta amistad.
Marcos hace un gesto de negación con el rostro, cierra los ojos y vuelve la cabeza hacia atrás mientras resuena el disparo y algunas gotas de sangre salpican su ropa. Luego arroja el arma con todas su fuerzas hacia el embalse.
Enciende un cigarrillo y saca el móvil del bolsillo. Yo todavía no he muerto. Mi sufrimiento no acaba aquí.
- Ya está todo. Ha salido bien, tal como había planeado. Alberto está aquí, lo arrojaré al embalse para ganar tiempo.
- [...]
- Si, mucho dinero. Tuvimos que cargarnos a dos tipos.
- [...]
- Espérame en la cafetería del aeropuerto. Mañana estaremos los dos en la playa bebiendo ron.
- [...]
- Sí, yo también te quiero, Laura.
payman (c) 2008
La niña
La niña entró en el cuarto de baño. Cerró la puerta y puso el pestillo. La niña se subió a una pequeña banqueta de plástico para verse mejor en el espejo grande de enfrente del lavabo y parecer más alta.
Rebuscó entre los cajones de una cómoda colocada en un rincón del aseo hasta encontrar lo que necesitaba: Un neceser de felpa rosa.
Lo abrió y esparció su contenido por la encimera: Tres barras de labios, una sombra de ojos, un perfilador, algo de gel fijador, rímel…
Eligió el maquillaje con cuidado, quería estar presentable. Presentable para él.
La niña ya no era una niña pequeña.
Enchufó el radiocasete mientras se vestía. Le gustaba cambiarse al son de su música favorita. Miró sus CD’s, ocupaban media pared de la habitación, tenía un buen repertorio…
¿Qué escucharía ese día? Se decidió por The Fray, el último disco, y subió el volumen al máximo. El ritmo de la batería, la guitarra, el piano de fondo y la atractiva voz del cantante entraron en su cabeza, recorriendo todo su cuerpo, taponando su cerebro, desconectando con el mundo exterior. Ahora sólo existía ella. Ella, y la canción.
Where did I go wrong, I lost a friend
Somewhere along in the bitterness
And I would have stayed up with you all night
Had I known how to save a life…
Bajó las escaleras de dos en dos, saltando el último tramo.
Ahora sólo había un obstáculo en su camino.
¿A dónde te crees que vas? –preguntó su padre, apareciendo de repente en el salón. La niña nunca supo como hacían sus padres para aparecer en el momento adecuado en el lugar adecuado.
Voy a salir. –respondió simplemente.
¿A dónde? –repitió él.
Por el centro.
¿Por qué zona? –insistió.
No lo sé. Andaremos… puede que por las tiendas de ropa, o que acabemos en la plaza mayor.
¿Y cómo te localizo?
Con el teléfono móvil… -dijo ella suspirando. Su padre le desesperaba. Siempre quería saber a dónde iba, cómo iba, con quién iba…
¿Con quién vas?
Con unos amigos. –contestó de malos modos, y se apresuró a grandes zancadas hacia la puerta. La abrió y salió a la calle. Obstáculo esquivado. Primera fase superada. No se consideraba una niña. Pero el resto del mundo sí lo hacía.
Step one you say we need to talk
He walks you say sit down it\'s just a talk
He smiles politely back at you
You stare politely right on through
Some sort of window to your right
Caminaba por la avenida a paso ligero. Fijándose en los escaparates de las tiendas. Y fijándose aún más en su propia reflejo en los escaparates. Estaba gorda. Obesa, se decía a sí misma. Veía su cuerpo como una gran masa de carne con michelines y grasas asomando por doquier. Observaba los maniquíes de las boutiques de ropa actual, y se reprochaba a sí misma nos ser como ellos. Ellos eran perfectos, con sus cuerpos estilizados, en sintonía. Los pantalones se les ajustaban a sus bonitas caderas con estilo. Ella, a su lado, era simplemente amorfa. Aligeró la marcha. No quería llegar tarde.
El descampado se presentaba aislado y solitario a la hora del crepúsculo. La niña, tirada en el suelo, jugueteaba con su teléfono móvil mientras esperaba a los demás. Por mucho que le fastidiara, siempre llagaba la primera. Siempre.
Let him know that you know best
Cause after all you do know best
Try to slip past his defense
Without granting innocence
Lay down a list of what is wrong…
Al fin, casi quince minutos después, comenzó a divisar a algunos de la pandilla.
Eh, peña, ya os vale. A buenas horas…
Tía, cállate, no nos ralles, que por que tú llegues aquí dos horas antes no significa que los demás…
¡Dos horas antes! Sois vosotros los que llegáis dos horas después. La niña se cruzó de brazos, y puso los ojos en blanco. Estuvo tentada a pegarle una buena patada en los “mismísimos” al Rastras, el tío que tanto le jodía. Pero, por suerte o por desgracia, Ricky se lo impidió, poniéndose entre los dos, frenando la pelea. Ricky siempre estaba en todo.
Tras unos cuantos cigarrillos y conversaciones amenas, la diversión se acabó.
¿Qué hacemos? ¿Alguna idea?
Unos cuantos bostezos generales del grupo respondieron mudamente a la pregunta. No había nada por hacer. La niña se puso en pie, dispuesta a irse ya a su casa; se hacía demasiado tarde incluso para su orgullo; pero de nuevo fue Ricky el encargado de hacerla cambiar de opinión.
Che, venga, no te marches todavía. Sin ti no tiene gracia la cosa.
Vamos, Rick, la cosa nunca tiene gracia. No nos aburrimos más porque es imposible. –contestó tratando de esbozar una pequeña sonrisa.
Ricky la abrazó.
Que tonta eres… Que sepas que sólo vengo por ti.
Tengo que irme.
De vuelta a su casa comenzó a pensar en la conversación. No sabía como alguien tan enrollado como Ricky podía quererla a ella. Con sus michelines y su grasa. No le merecía. Tenía que estar guapa para él. Costara lo que costara.
6 meses después…
Una enfermera con bata blanca se acercaba por el pasillo. Llevaba en las manos una bandeja de comida.
Comida…
Seguramente, hacía unas semanas, por principios se habría negado a aceptarla. O se las habría apañado para tirarla. O se lo habría dado a alguien. Eso, hacía unas semanas, ahora no. Estaba en rehabilitación por culpa de una persona. Una sólo persona. Y esa persona no era El Rastras, no era Ricky, no era su padre y no eran siquiera los maniquíes. Esa persona era ella.
Volvió a mirar el plato. Era filete de ternera con ensalada. Le recordaba a las comidas que preparaba su madre, esas que normalmente se le antojaban calóricas y asquerosas. Ahora le parecía más que un manjar exquisito.
Comida…
Mientras degustaba la carne, volvió a pensar en su vida anterior, antes de tener anorexia, en su día a día… Y no le gustó lo que vio. Porque sólo era capaz de visualizar a una niña tonta y estúpida que jugaba a ser mayor; a asistir a fiestas, fumar, desobedecer, y ver las cosas desde una mala perspectiva. Y esa era la verdad. Así había sido.
De repente quiso volver a ser la chiquilla pequeña de antes de todo eso. Mucho antes. La niña sencilla, que se conformaba con unos juguetes para pasárselo bien. La niña que no tenía que preocuparse por engordar o adelgazar, por ir bien vestida o ir mal, por ser como todos o ser a su manera…
La niña a la que ahora añoraba, la que pensaba que quizás se había ido para siempre…
Volvió a mirar la bandeja con comida. Le quedaba poco para terminar.
Y supo que no estaba todo perdido. Claro que no.
Had I known how to save a life…
Carmen (c) 2008
Dios os odia a todos
Esta mañana, después de levantarme, he abierto el buzón de mi correo y descubierto el enésimo rechazo editorial del año:
Estimado Sr. Dick:
No queremos hacerle perder el tiempo. Su novela no es de nuestro interés. Pruebe con otras editoriales.
Irritado, rompo la carta y enciendo un cigarrillo: el humo del Marlboro recorre mis pulmones como una zarpa angustiosa. Durante unos segundos, me maldigo a mí mismo por haberlo intentado, por depositar mis esperanzas en manos ajenas, hasta que me canso de este lamentable ejercicio de autocompasión; tampoco esperaba otra cosa.
La historia es la de siempre: escribí un libro de ciencia ficción, de marcados tintes autobiográficos, hace siete u ocho años. Evidentemente, puse toda la carne en el asador y me entregué al cien por cien. Me costó tres meses terminar trescientas páginas, apenas dormí durante aquella época, y cuando me levantaba, tenía las marcas del teclado sobre el rostro. Como de costumbre, pensé que aunque la obra no fuera comercial, ni estuviera basada en los clásicos del género como Isaac Asimov o Ray Bradbury, tarde o temprano, algún editor terminaría valorando la historia. Creo que no es necesario decir que me equivoqué.
Desde 1950 he enviado la novela a todas las editoriales habidas y por haber con resultados nulos. La he revisado unas treinta o cuarenta veces para pulir sus imperfecciones, pero mis esfuerzos no han servido de nada. Mi problema, el fundamental desde mi punto de vista, es que soy un escritor novel; nadie se arriesgará a sacar un libro, por bueno que sea, sin tener como referencia un nivel de ventas exitoso.
Las editoriales americanas se dividen en dos mundos: están las de toda la vida, poderosas e intocables, que sólo editan a autores que sean un valor seguro en el mercado. Intentar publicar con ellas es una pérdida de tiempo, rechazan tu libro con la vieja excusa de siempre: “Su novela no encaja en nuestros criterios de selección”. Después están las editoriales alternativas, que al tener un presupuesto limitado, sólo editan a colegas, o pretenden cobrarte 1.000 o 2.000 dólares por imprimir doscientos o trescientos ejemplares. Huelga decir que el autor costea todos los gastos —corrección, revisión, maquetación, diseño de cubierta y distribución— de su propio bolsillo. Nota: la semana pasada una me respondió alegando que tenían el planning de publicación cubierto hasta… ¡1960!
El oficio de escritor es uno de los más miserables e infames del mundo. Tienes que lidiar con toda clase de idiotas que creen que estás chiflado porque tienes sueños que se salen de lo común. Por norma, nadie valora ni se molesta en echar una ojeada a lo que escribes, familiares y amigos incluidos, con el pretexto de que les falta tiempo. He llegado a pegarme tres o cuatro semanas escribiendo un relato con la intención de publicarlo en una revista, para descubrir que, aparte de que ha sido rechazado, se pudrirá en algún cajón de mi casa. Un pobre incentivo para seguir adelante, ¿no crees?
Ahora mismo, en el año 1952, después de haber vendido mi primer cuento corto, estoy exactamente en el mismo punto que cuando empecé a escribir en la Universidad de Berkeley. Por mucho que intente mejorar, por mucho que intente dar lo mejor de mí mismo, por muchas energías y horas que dedique a mis historias, continúo siendo un cero a la izquierda. Siento que he desperdiciado mi vida y que tenía que haberlo dejado hace mucho tiempo. Puede que si hubiera aceptado una existencia gris y rutinaria, marcada por un trabajo sórdido y mal pagado, siguiendo los dictados de la masa, no me encontraría oscilando en la cuerda floja.
Prendo el segundo pitillo del día y lanzo una bocanada azulada hacia el techo. La sensación de derrota es avasalladora, inunda mi alma como un torrente cromo viscoso, haciéndome encajar las mandíbulas. ¿Por qué me molesto en pasar por todo esto? Vencido por un odio incandescente, agarro el libro rechazado y lo parto por la mitad. ¡Tenía que haberlo hecho hacía siglos! Temblando, con los hombros tensos, estrujo el Marlboro, convirtiéndolo en un arrugado montón de tabaco y cenizas. Evidentemente, no lamento mi acto: cuando termino una novela la detesto con toda mi alma.
De inmediato, me incorporo de la silla, abro un cajón de escritorio, saco un puñado de cuadernos donde he tomado la mayoría de mis notas y los destrozo, página por página, llenando el salón de pedazos de papel. La ofuscación se convierte en un puño metálico, abrasador, que amenaza con consumirme. El acto resulta una liberación y la vez una condena: me pegué tres meses, escribiendo hasta las tantas de la mañana, después de salir de mi trabajo de vendedor de discos, una obra que nadie leerá jamás. Cuando termino, rememoro la génesis de la novela que acabo de aniquilar, los dolorosos motivos que me impulsaron a escribirla, las horas desperdiciadas delante de la máquina de escribir… ¿Cómo diablos he podido ser tan estúpido? Durante años he estado persiguiendo una ilusión, rompiéndome la cabeza por una nadería, intentado escapar de una vida que aborrezco, en un lugar que me resulta insoportable. Angustiado, de rodillas en el suelo, circundado por mis propias palabras, el llanto amargo se niega a aparecer. Aunque lo intente, sollozar es un concepto abstracto, irreal, que sé que no hará acto de presencia. He sido incapaz de derramar una lágrima desde 1943.
Cuando me recupero, regreso a la mesa a trompicones, a punto de vomitar la escasa comida que llevo en el vientre. La máquina de escribir da vueltas ante mis ojos, insidiosamente, recordándome lo mucho que me desprecio. El deseo de cometer una locura, de drogarme o de cortarme con una hoja afilada, inunda mi mente con sus tenebrosos pliegues. Años atrás, durante mi patética adolescencia, solía ponerme ciego de anfetas o de cocaína cuando pasaba por aquellas crisis. Con un esfuerzo supremo de voluntad, reprimo mis impulsos y enciendo otro cigarrillo. El tacto del Marlboro es el más simple de todos los consuelos. Me prometí que nunca volvería a actuar de aquella manera. Sin desearlo, me cuestiono si Robert A. Heinlein o Alfred Bester hubieran reaccionado de forma parecida con sus historias. A pesar de mi penoso estado, la respuesta es automática: jamás.
La oscuridad cobra forma y cubre mi alma con su manto, proporcionándome una sombría fatalidad; la misma que he adjudicado a mis personajes en innumerables veces. Observo mis facciones reflejadas sobre el cristal del cuadro que cuelga sobre la mesa: pómulos marcados, boca apretada en una línea, mirada gélida e impersonal… Odio experimentar estas sensaciones, nunca he podido resistirlas, ni es fácil tener que enfrentarme a mi lado oscuro... a diario.
Entonces tomo una decisión: he terminado con la escritura. No pienso volver a narrar una historia en mi vida, ni a leer un maldito libro en mucho tiempo. Necesito plantearme las cosas desde el principio, dejar de ser un soñador y regresar a la Tierra. Se acabó la ciencia ficción. Aceptaré que soy un fracasado, viviré una existencia mediocre, sin ambiciones ni ideales con los que continuar despierto, y seré uno más del rebaño.
Dios os odia a todos… y yo también.
Alex Brito (c) 2008
Un valiente llamado Slodac
- ¿Sabes por qué te han traído aquí, verdad?
- No pienso pagarle, estoy harto de sus amenazas.
- Tengo un negocio que cuidar y un prestigio que mantener, Slodac. ¿Qué pasaría si te perdonase las deudas a tí? ¿Qué pensarían los demás? Dejarían de pagarme. Yo cuido de vosotros y a cambio debéis mostrar vuestro agradecimiento.
- Se cuidar de mi mismo. Nunca le he pedido ayuda. No necesito que una pandilla de mafiosos me robe la mitad del dinero.
- Entonces veo que estás decidido a no pagar. No cambiarás de opinión.
- No, no cambiaré. Tengo orgullo, ¿sabe usted lo que es eso?. No verá una sola moneda mía en el resto de su vida. Estoy cansado de todo esto. Sois basura. Sois el cáncer de esta ciudad.
Resultaba curiosa la imagen de un pequeño hombre alzando la voz en una habitación llena de asesinos.
El señor Varic, con los ojos entreabiertos, fijó su mirada en la de Slodac y habló en un tono tan bajo que apenas rozó el umbral de lo audible.
- Está bien. Eres valiente y eso es algo que valoro en la gente. A lo largo de mi dilatada vida no he tenido la ocasión de cruzarme con muchas personas como tú.
Hizo una pequeña pausa para darle una calada al cigarrillo que sostenían unos dedos arrugados y estrechos como palillos.
- Puedes irte.
Slodac no se lo podía creer. Sin bajar la cabeza ni un solo instante salió por la puerta, al mismo tiempo que dos matones se hacían a un lado. Estaba un poco asustado, más una vez que hubo subido al taxi se relajó y suspiró profundamente.
"¡Bien por tí Slodac! - pensó para sus adentros - Les has plantado cara con decisión. Te has enfrentado a los problemas con valentía y todo ha salido bien. Gracias a Dios".
Esa noche, sin mencionar el asunto, estuvo hablando con su hijo de nueve años acerca de la importancia del honor y la dignidad de las personas. Le dió un cariñoso beso y dejó la pequeña lámpara de la mesilla encendida, como siempre hacía.
Cuando la policía encontró un cuerpo en el fondo de un lago cercano cuatro días después, nadie lo relacionó con Slodac. Habría que esperar a las pruebas forenses.
Todo se precipitó al día siguiente cuando, en un incendio provocado que destrozó el negocio familiar de Slodac, murieron abrasados su mujer y su pequeño hijo.
Jorge A. (c) 2008



